Chete
De los que encendieron la primera hoguera, y de cuantos se sentaron a ella, pocos nombres se pronuncian con más cariño. Su carisma no tuvo igual: puso nombre a media mesa, y esos bautismos son ahora eternos — hay quien ya solo existe tal como él lo llamó. Fundó la cofradía del troll que otros aún mantienen viva, y fue de los más grandes con las armas; pero la fortuna, que reparte sin explicarse, nunca quiso sellar su gloria con un anillo: es, junto a Mawer, la otra gran corona que jamás llegó a posarse.
Hace años que los vientos no lo traen. Alguna vez brilló una luz en el horizonte, y el mar volvió a cerrarse; su silla, sin embargo, se guarda siempre, y ningún ausente pesa tanto en las canciones. Los sabios afirman una cosa más, y nadie la discute: si cruzara mañana la puerta, con las manos frías de tantos inviernos sin guerra, los augures volverían a escribirlo entre los primeros — porque hay talentos que el tiempo no sabe gastar.
Se le echa de menos. Cada año, en cada fuego.