Erimo
Piedra angular es, aunque el mar se empeñe en guardárselo. Vive en islas brumosas del norte, y cuando él no puede acudir, acuden sus palabras: llegan con las aves, preguntando por cada batalla, y sus comentarios — que no tienen igual — adornan la crónica de cada edición como si la hubiera vivido junto al fuego. De piel besada por soles lejanos y sonrisa sin ocaso, toda hoguera lo quiere cerca: con él presente, el aburrimiento no encuentra silla.
En la guerra tiene un arte que solo es suyo: una calma hecha de pequeñas tormentas, que si se la quiebran temprano puede venirse abajo, mas si se la deja madurar… nadie sabe aún de qué es capaz, y esa es exactamente su arma. Combate con el corazón a la vista — no hay yelmo que le tape el ánimo, y jugar a su lado o en su contra es leerle el alma —, pura pasión, pura fiesta. Por eso, cuando los vientos soplan de cara y cruza al fin la puerta, la edición entera asciende de rango: se vuelve épica por decreto.
El concilio lo sabe, y por eso cada año reza, espera, y guarda vino para celebrar su llegada.