Ita
Su nombre delata su cuna: tierras del sur, de sol viejo y viñas generosas, y algo de aquel sol se trajo consigo, porque a su alrededor siempre calienta. Los archivos dudan sobre cuándo cruzó por primera vez nuestra puerta; los fuegos recientes, en cambio, ya no se conciben sin él.
En la guerra pertenece a esa estirpe que las canciones descuidan y los campamentos adoran: nunca el estandarte más temido, siempre uno que pelea hasta el final — lo intenta todo, planta cara a cualquiera, y más de un grande ha sudado para doblegarlo. Pero su verdadero oficio empieza donde acaban las batallas: no hay empresa a la que no se apunte, ni carga que no ofrezca llevar, ni corro donde su risa no encuentre sitio.
Amigo del alma para algunos, bienvenido para todos: cuando él se sienta, la hoguera da más luz con la misma leña. Los anales miden anillos; para medir compañía aún no se ha inventado la vara — y es una lástima, porque tendría su nombre grabado.