Periko
La amistad lo unió al concilio mucho antes que la guerra: era de los nuestros junto al fuego cuando aún no empuñaba estandarte, y solo tarde quiso también la batalla — como si primero hubiera aprendido lo importante. Desde entonces, pocos dicen sí tan rápido: no hay plan, marcha ni locura a la que no se sume, y toda empresa mejora en el momento en que él aparece. En el campo su cota es corta y su corazón, desmedido: pelea con lo que tiene y lo entrega entero, sin guardarse una sola flecha para el camino de vuelta.
Caerá o no caerá, pero jamás por no intentarlo — y los capitanes saben que esa entrega no se enseña ni se compra. Los sabios discuten cuánto puede crecer un guerrero que empezó tarde; los que han marchado a su lado no discuten nada: con uno así al hombro, cualquier noche se cruza mejor.