Armonds
Es el más viejo de los fuegos: cuando el primero de nosotros llegó, él ya estaba sentado. Abuelo del concilio entero, comparte sangre con Vinzont: de una misma casa salieron el que prende las almenaras y el que dicta la ley — convocar y juzgar quedaron en familia. Jamás se le ha visto con las manos quietas — siempre baraja, mueve, mezcla o sopesa algo, pues el vicio es en él una forma de sabiduría.
Recorrió mil juegos y en todos dejó fama; años de naipes en mesas de humo le enseñaron lo que no enseñan los grimorios, y a ningún tablero se le ha oído decirle que no. En la guerra es valor seguro: quizá no el filo más brillante, nunca el más romo. Su corazón pertenece a los hijos de Durin — con Glóin y los suyos ha librado batallas que aún se cantan, y pocas cosas le encienden los ojos como una buena carga de barbas y hachas.
Mas su verdadero trono está antes de la primera tirada: el concilio entero peregrina hasta su consejo para dar forma a cada torneo, ninguna voz pesa como la suya, y ninguna noticia es cierta hasta que su mano la deja escrita. Él es la ley y el único tribunal: cuando dos aceros disputan, su fallo cierra la disputa, y nadie apela. Viene siempre de lejos, de las tierras del levante donde madruga el sol — y sin embargo, de algún modo, siempre llegó el primero.