Yura
Del este vino cuando era apenas un brote, y los bosques fríos de su cuna ya solo perviven en su nombre. Quien lo encuentra por primera vez oye truenos: gruñe como los robles viejos cuando el viento los despierta, y discute con el apetito con que otros banquetean. Que nadie se deje engañar por la tormenta, que es de las que riegan: bajo la corteza de espino corre savia de oro, y quienes la conocen no la cambiarían por ningún jardín en flor.
Su senda de guerra sube y no ha dejado de subir: donde otros astros oscilan, el suyo solo conoce un camino, y la corona que un día alcanzó tiene aire de primera piedra. Aprendió a gobernar graneros y ciudades antes que ejércitos, y ese arte del buen gobierno, en el que pocos se le acercan, alimenta sin descanso su ascenso. En el campo escucha más de lo que habla, y hay algo que toda la mesa sabe: su ejército entero vale menos, para él, que un solo compañero cercado — y lo ha demostrado.
Cuando calla el acero, humean los fogones, y allí también se le canta.