Cañete
Hay guerreros que son acero y guerreros que son hoguera, y él es de los segundos: donde se sienta, el concilio entero se arrima a calentarse. Ninguna empresa le parece mala si cabe en una mesa — convocadlo al torneo o a la más humilde escaramuza de sobremesa, y acudirá riendo. Viene de la vieja escuela: conoce estos juegos como los herreros conocen el metal, y aunque los pergaminos del Anillo no sean los que más ha estudiado, siempre planta batalla.
Su arte es el del oficio: con cada partida crece, halla la estrategia y la pule como se pule una gema, hasta que brilla. En la guerra ataca con saña y defiende con lealtad, y marcha con trolls, fiel a una vieja cofradía que no fundó él, pero que nadie honra mejor. Nunca lo llamaron el más grande, pero cuando los capitanes eligen, su nombre suena siempre pronto, y cada año más alto.
Los augures ven venir el día en que le entreguen un estandarte; ninguno ve el día en que lo devuelva.