Ambeloki
Ninguna crónica recuerda su llegada; las mesas viejas lo dan por suyo, como las raíces dan por suya la tierra. Es de los que callan: gasta las palabras con avaricia de dragón y deja que hablen sus estandartes. Allí donde queda un campo de batalla desatendido, él lo reclama sin ruido y conversa a solas con la guerra: pasa las horas quietas repasando los linajes de cada lanza y el temple de cada hoja, midiendo sus huestes contra adversarios que solo él ve.
En el combate pide lo que piden las montañas: tiempo. Frágil como la escarcha en sus primeras horas, quien lo deja respirar descubre tarde que la escarcha era glaciar — no marcha hasta que su hueste cubre el horizonte, y entonces nada la detiene. Ni la derrota ni la gloria le mueven el gesto; si algo lo distrae, son músicas que nadie más oye.
Y una ley antigua gobierna su historia: en algún lugar, Vinzont proclama ser mejor que él, y semejante afrenta solo se lava con acero. Se buscan siempre, en el torneo y fuera de él, y los sabios lo tienen dicho: ningún concilio se cierra de verdad hasta que esos dos cruzan las armas.