La+PuTa
Los más viejos juran que ya estaba allí cuando se encendieron los primeros fuegos, y nadie ha sabido desmentirlo. Camina por el mundo a su propio paso, envuelto en volutas de la mejor hierba de la Comarca, de la que es catador antiguo y devoto — y si a veces sus ojos miran reinos que nadie más distingue, es el precio de tan honda sabiduría. Del arte de la estrategia lo conoce todo, en mesas y en artes más arcanas, y de cien saberes más: pocos morrales guardan tanto mundo.
Suyo es además un oficio que nadie le disputa: otear los grimorios nuevos y decidir qué guerra se combatirá — fue él quien trajo al concilio el credo del Anillo que hoy todos profesan, y cuando las huestes llegan a la sede, los rituales ya están dispuestos, porque él veló para que así fuera. Sus trenzas y su sonrisa se reconocen desde lejos. Conoció tiempos de mayor gloria, pero dentro le arde algo que no se apaga: aún tiene tardes de relámpago en las que nadie puede tocarlo, aunque se alternen con nieblas — la hierba cobra sus diezmos — que alguna vez salieron caras.
Todo lo compensa con creces: no hay mano más abierta ni maestro más paciente, siempre presto a ayudar, compartir y enseñar. Imprescindible, lo llaman todos; y los prudentes añaden en voz baja: nadie sabe el día en que volverá a ceñir un anillo.