White
De los que alzaron la primera hoguera, y en los pergaminos lo nombran la Mano Blanca. Llegó de unas islas lejanas del Poniente, y hubo un tiempo en que su palabra pesaba como la de los primeros de la orden: los anillos lo sabían, y lo buscaban. Hace años que le esquivan, y su nombre desciende despacio en las voces del concilio; mas algo que una vez fue muy grande pelea dentro de él por volver, y aún no ha dicho su última palabra.
Cuando combate, el mundo a sus flancos deja de existir: los ojos clavados en la batalla y la lengua entre los dientes, como si empujara la partida con la mandíbula. No es descuido hacia los suyos; es que arde demasiado cerca del fuego para mirar a otro lado. Ya no se le rinde la vieja reverencia, pero repárese en esto: nadie se atreve a darlo por muerto.
Los sabios saben que no conviene molestar a un dragón dormido.