Arsu
Del Norte llegó, de tierras altas y gentes recias, y desde los primeros días marcha con el concilio. Nunca reclamó ser el mejor, y sin embargo jamás bajó de los altos puestos: es de los primeros nombres que los capitanes ruegan a la suerte — cuando la suerte no lo corona capitán a él.
En la batalla es una carga que no conoce pausa, siempre adelante y siempre eficaz; cierto que, cuando carga, el fragor le tapa a veces los cuernos de auxilio de los suyos — mas su socorro llega siempre por el mismo camino: derribando el flanco que tenía delante. Ama la otra guerra, la de los pactos de la antesala donde muchos juran que se deciden las contiendas, y allí su voz es de las que más pesan y la última en apagarse.
En la mesa se entrega como en la guerra: pregunta cuanto hay que preguntar, defiende cada idea con celo de orfebre, y sus turnos, largos como los inviernos del Norte, son la medida de cuánto le importa el juego. Los que han compartido su fuego lo saben: mejor una discusión con él que una velada sin él.