Rober
El mar lo trajo, como trae el mar sus mejores regalos: sin aviso. Venía de la otra orilla del mundo, de donde el sol se marcha cuando aquí amanece, y sin embargo su lengua ya era la nuestra — señal, dicen los sabios, de que esta mesa lo esperaba desde antiguo. Es de los que dan antes de que se les pida: su brazo, su tiempo y su hacienda están siempre al servicio del fuego común, y por eso toda puerta se le abre sola.
En el arte de la guerra no nació el más diestro, pero el desaliento no figura en su lengua: piedra a piedra asienta su ciudadela, lento y seguro como crecen las murallas. Frágil aún si la tormenta llega pronto, ay de quien lo deje en pie hasta tarde: sus cimientos son más hondos con cada invierno, y su espada, menos amable. Ninguna derrota le ha quitado las ganas de la siguiente batalla, y para el torneo — o para cualquier empresa que el concilio trame — su nombre responde el primero.
En otros reinos, dicen, lo saludan con nombre de rey de crónicas ajenas; aquí sabemos que el suyo se está escribiendo todavía.