Cordente
No estuvo entre los primeros fuegos: llegó después, sin heraldos ni canción — nadie esperaba gran cosa — y muy pronto hubo que aprender su nombre. Al principio su fuerza era un secreto, y sacó de ello buen provecho; hoy ya no engaña a nadie: todos saben que ninguno llega al concilio con más batallas estudiadas ni más senderos andados. Es la consistencia hecha guerrero: su bando puede caer, mas rara vez por su flanco.
Si un defecto se le conoce, y es pequeño, es que a veces su espada mira más al frente que a los costados. Su estrella y la de Mawer se cruzan una y otra vez, como si el cielo gustara de enfrentarlas, y hay gemas que dan cuenta de esos duelos. Cuando el destino, en lugar de cruzarlas, las puso bajo un mismo estandarte, cuentan que hasta las águilas bajaron a mirar — mas contra cierta sombra no bastan dos estrellas juntas.
Los cantares van todavía por detrás de sus hechos, y en ese desfase habita su fortuna: los grandes ejércitos le abren sitio, y ninguna final le queda lejos. El día que los cantares lo alcancen, será él quien reparta los estandartes — y ya no habrá otro modo.