Palons
De viejas llanuras del norte trae el nombre, de un reino de campos que fue cuna de reyes. Su silla aguardó vacía muchos inviernos — conocía a todos cuando ardieron los primeros fuegos, mas los caminos lo trajeron tarde —; el día que al fin la ocupó, pareció que siempre hubiera estado allí, y ya nadie concibe el concilio sin él.
Grande como un oso y manso como ninguno, guerreó en cien guerras parecidas antes de conocer esta, y ese oficio viejo lo sostiene donde otros necesitan grimorios: es de los metales que se templan al fuego lento, y la contienda que avanza siempre lo encuentra más fuerte. Su brazo busca el ataque, su oído a los compañeros y su corazón a los trolls — cofradía que fundó Chete y en la que marcha junto a Cañete —, sin desdeñar las volutas de la hierba de la Comarca.
Cuando el concilio se rinde al sueño, él sigue en pie junto a las brasas, velando batallas propias o ajenas, que ambas le saben a gloria. Y algo más dirá esta piedra que los demás callan: suya es la mano que escribe el Libro Rojo — estas mismas crónicas donde todos viven.